23.2.06
Pulso en falso
Duermo con el recuerdo borroso de la última madrugada de lluvia que mató dos pájaros de un mismo tiro. Te empapó y me enterró. Madrugada (eso que nació unicolor y ahora envejece en sus matices) de perfumes de tu cuello en su mejor esplendor. Seré emperatriz para dominarte o, una vez más, por acostumbramiento, seré el todo incondicional que te sirve de aposento cuando ya no tengas a donde ir. Puedo ser ésta última porque quiero, puedo volver mis brazos de sábanas de seda púrpura y mi pecho le servirá de almohada (o sedante) a tu ideologia de perderte en los circulos de humo. Soy consciente de que ahora estoy ciega por eso te veo en todas partes. Entonces duermo y sueño. Entonces; precipitadamente, se abre la madrugada otra vez y vos estás allí parado. Majestuoso. Esbelto. Mojado. Imposible. Te dejo pasar porque de la ira a tus labios hay un solo paso. Un solo pasitito, transparente pero preciso, que cruzo con many-obras y me acomodo en tu pubis insólito.
14.2.06
Divergencias

Mientras él se desfigura dando explicaciones, ella evita una sospecha de llanto con sus manos. Cerca, pero a la vez casi ajena a la habitación, una persiana raya la pared clara. Los almohadones huelen a sahumerios de noches anteriores. Él tiene un trayecto de salida por la puerta delantera y ella una angustia superácida (muchos más grande que la de un caramelo) atravesada en la garganta. Su cabello largo cae una vez más sobre los pies de la cama y sus piernas, sobre la almohada. Él anuncia la caida del sol con sus labios ciegos. Ella supo con anticipación que caería el sol antes del atardecer, en el preciso momento en que él atravesara esa puerta descocida con su mochila cargada de ignorancia. Él terminó una canción sin estribillo y salió sin despedirse. Ella no volvió a oir el paso vagabundo del sol por aquel sitio. Ni pensó en escuchar melodías rotas.
El mundo se detuvo en la última mirada de los ojos inválidos y las manos frias. Luego, unos cuantos mundos divergentes se consumieron en espejismos; pero sólo unos cuántos pocos, porque los demás desaparecieron muy lejos, hace tiempo.
Zapatos de algodón
Son las siete y media de la tarde y, en este preciso momento, llegan a mi -como por arte de magia- centenares de preguntas que balean mi alma desprotegida. Y desde esta inútil maquina absorbente, junto a este inútil cenicero consumidor, busco una salida inevitablemente oculta en otros lugares. Incluso, busco mis huellas y no logro divisarlas. Las busco, ahora, torpemente ajenas y efímeras.
Alguien una vez me dijo:
-Deberias caminar por el suelo, no por las nubes.
Y pensar que llegué hasta este lugar con zapatos de algodón!
Últimamente voy vagabunda sin rastro alguno a donde me lleve la vida. Por cielo o por tierra.
Mientras tanto, un marcapaso desincronizado en el corazón, me vuela la cabeza. Tal vez mi alma esté siendo atacada -quizá no por primera vez- en su costado más frágil.
Alguien una vez me dijo:
-Deberias caminar por el suelo, no por las nubes.
Y pensar que llegué hasta este lugar con zapatos de algodón!
Últimamente voy vagabunda sin rastro alguno a donde me lleve la vida. Por cielo o por tierra.
Mientras tanto, un marcapaso desincronizado en el corazón, me vuela la cabeza. Tal vez mi alma esté siendo atacada -quizá no por primera vez- en su costado más frágil.
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