Miré el estante inmenso de madera que habia en el lugar. Parecía de unos varios años atrás, quiza de generaciones pasadas. El algarrobo resaltaba por debajo del barniz brilloso. Yo, bajo el efecto de las copas tomadas durante toda la noche, intentaba mantenerme en pié, jadeando junto a una silla acolchonada de gran respaldo que se encontraba a mi lado y que, por momentos, parecia mover sus patas con disimulo.
Espiaba por la puerta que estaba entreabierta unos pasos más allá, a mi derecha. Parecía estar todo desierto. Sé que cuando Sharpe va en busca de sus afamadas tazas de té para disminuir un poco el mareo, no llega en un santiamén. Es como si se tomara los minutos necesarios para hacerle algún tipo de plegaria a cada cuacharada de azúcar.
Mientras pensaba en el contenido de la biblioteca que, me llamaba la atención y por curiosidad femenina, quería revisar, recorrí la habitación con la mirada. Los cuadros en las paredes revelaban tristeza, analicé sin certeza de lo que pensaba. Eran oscuros y de viejas imágenes que al mirarlos recordaban algún efímero deja vú. También había un escritorio barnizado al igual que la biblioteca. Quizá los compraron al mismo tiempo en el mismo lugar, hace ya bastante. Allí, una lámpara desenchufada y unos papeles amontonados dormían sin causar quejido algúno de estar abandonados. Coleccionaban polvillo atmosférico de días atrás y tiempos remotos sobre la superficie material.
Sentí una mano fría en mi hombro. Me dí vuelta, luego de saltar del susto, era él. Auguste nunca perdía esa costumbre de sorprenderme. Portaba sus eternos treinta años con mucha madurez. Su cabello negro y su tez blanca, jamás hubieran disimulado el acento francés de esa persona.Guardó silencio mientras me miraba y parecía pensar y/o recordar cosas que a veces a uno se le vienen a la mente en los momentos menos esperados. Tomé la bandeja que tenía en las manos y la dejé sobre la mesa junto a la vieja lámpara.
Lo abrazé, o me ví muerta en el intento.
Hubiera imaginado infinidad de jardines solo mios pero desiertos. Perdidos. Visualicé el manojo de sus cartas quemadas en el fuego, también ilusorio. No estaba. Ni su olor lejano me acompañaba.
Habrá terminado todo cuando él ya no envió más cartas?
O sus postales fueron solo un juego perverso estratégicamente planeado, inigualable en su imitación ya que me resultaba veráz, aunque debería reconocer que la soñadora vive de irrealidades.
Dicen que las personas mueren recién cuando uno las deja de recordar.
3 comentarios:
Corrijo: las personas mueren cuando ya no queda absolutamente nadie para recordarlas, y eso, jamás pasa.
Besote y que andes bien!
Yo creo que hay personas que quizá mueren antes...
Sin embargo,
el entorno las puede olvidar,
el mundo las puede enterrar..
pero..si, de alguna manera,
están presentes en "el alma memoriosa"...
aún viven, en el recuerdo dejado.
Y, si el mundo las olvida y el alma las recuerda...
serán eternas en la memoria de quien las revive, desconociendo el olvido.
Lamentablemente, es la mente de uno la que maneja el destino de otros.
Y si Ju, entiendo tu postura. Pero creo que el entierro propio de uno puede bastar para matar a alguien. Más allá de que viva todavía eh.
Besoss!!!
Marcel.lí: creeme que sí, hay personas que mueren antes.
Publicar un comentario