Verlo deambular por la habitación no era nada de otro mundo. Al contrario, era algo muy propio del que habíamos inventado de papel de cigarrillo malgastado.
O esas escenas eran tan frecuentes o mi mente las multiplicaba por millones. Quizás solo sucedió una vez y los ecos me estén engañando.
El cenicero, pobre condenado sin respiro, aceptaba su destino con naturalidad. Él lo había convertido en su esclavo preferido en esas noches de insomnio.
Muchas veces repetía las mismas melodías agudas del llanto perdido.
Recitaba mensajes ocultos. La elocuencia de los hechos quedo guardada en el alma memoriosa. Su recuerdo me hiere.
Aquella vez se tiró en la cama, miembros decaídos, sacudido por espasmos de histeria rogaba recuperar algo de noción.
Lo amarré con sogas de carne y hueso, y dedos, luego lo atrapé entre sabanas oceánicas.
Improvisa la ninfomaníaca entre la unidad física y la profundidad espiritual, una dimensión casi desconocida.
El amorío imprescindible que tiene asistencia completa en la madrugada.
2 comentarios:
no entiendo que carajos quisiste decir pero bueno... si te gusta.. segui escribiendo estas pelotudeces... saludos.. te quiero(naked) lau!!!
Sin palabras..
Luego de leerlo varias veces comprendí a lo que te referias..
Realmente impresionante..!
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