Cuando me fui de Villaguay pensé que era para siempre. Tenía la vaga y
errante idea de que cuando una toma decisiones, éstas no solo guían las
circunstancias de la vida en un momento determinado sino que,
inclusive, cuestan la vida misma o lo que una cree que es la vida y que,
como tales, son irremediablemente perpetuas.
Cuando me fui
-bolsito en mano, ropa nueva, sueños con olor a fresco- no creí que
fuera posible que una vaya moviéndose por la ruta de a pedazos, dejando
algunas partes del alma en el camino, como si el cuerpo fuese un camión
de arena que pierde granitos invisibles ante la inmensidad de la ruta
(la ruta siempre es tremenda y letarga cuando lo que aloja es una
partida) que se extiende hacia quien sabe qué lugares, o como Hansel y
Gretel alejándose de su casa, soltando aquellas migas de pan y de
incertidumbre sobre el trecho de camino que iba quedando atrás.
Cuando
me fui -voy a sincerarme conmigo misma-, no tuve noción de lo que es
'irse' hasta saberme lejos. La pesadumbre de haberme ido vino después,
con la otra mañana, la que nos amanece en otros lados, la otra mañana en
la que una levanta la pera que quiere caerse y decide caminar una calle
pavimentada, hacer caras conocidas de los desconocidos, sentir propia
una vereda aprendiendose los vericuetos, los pocitos, los
estacionamientos, el timbre de voz de la vecina que baldea temprano o el
gesto cansino con el que un abuelo saluda al pasar.
Cuando
comencé a poner fotos en un sobre de papel madera para llevar en la
mochila, el viejo me miró como me miraba cada vez que iba a decirme algo
y no decia nada. Pero esta vez arriesgó un "¿para qué te vas a ir?" Yo
lo miré sin entender de qué hablaba. Aquella que era yo no sabía para
que se va una de los lugares que ama. Aquella que hoy es ésta yo todavía
no sabe por qué, como diría Fito, es
que nos cuesta tanto el amor. Entonces lo miré y creí ver en el borde de
su pupila izquierda su silueta desde la puerta entreabierta de la pieza
susurrándome "nena, nena, levantate que ya son las siete". El ritual de
mis dias de la secundaria: yo escuchaba al viejo lavarse la cara apenas
cantaba el gallo del vecino y lo espiaba cebándose unos dulces mientras
enganchaba el noticiero. En silencio. Mi viejo es, en dos palabras, la
paciencia y el silencio. Siempre pensé que ese silencio tan propio de él
lo convertía en ausencia, hasta que descubrí que estando sin decir
mucho también es una forma de acompañarse y entenderse. Varios dias me
sorprendió aquel hombre despertando de a poco y buscando salvar al mundo
dando el ejemplo que solo él pudo o quizá que solo él tuvo en sus manos
para darnos, ese de ponerse un traje y unos borcegos duros y cruzar la
puerta hacia afuera.
¿Y
si eso no es amor, entonces qué es? Y pienso que la forma del amor
también podía ser aquella de la vieja poniendo la mesa de fin de año con
el mantel de dibujos de guirnaldas verdes y rojas, que el amor pudo
haber sido la forma en que alguien nos esperaba a la salida de jardín a
aquellos guardapolvos rojos y caras sucias que éramos. El amor como el
beso en la frente antes de salir, la mano que junta una lágrima que está
a punto de caer al piso, el gesto y la palabra pero también el silencio
y la presencia, sobre todo la presencia. La forma del amor que tiene un
reto de "no vuelvas tarde", "abrigate", "peinate", "vení que ya está la
comida lista". O la forma del amor del barrio todo, de eso que
construimos en ensayo y error estando juntos (porque a veces -muchas más
de las que creemos-, el chusmerío es nuestra forma vulgar y hasta
fallida de preocuparnos por el de al lado) para
sabernos menos solos en el mundo. El amor del barrio de peregrinar
todos los 1° de mayo a la garita del San Cayetano que estaba en la
entrada, a ponerle el pan al santo.
Escribo
mirando lo que hoy me cuenta el recuerdo, escribo desde estas imágenes
como flashes, desde los sonidos como canciones que vienen con el viento a
decirme que la historia para cada uno es el relato que uno arma de cada
momento. Que la historia, ¿acaso no es esta pelicula que se nos
proyecta de eso que recordamos y aquello que nos contaron que fuimos?
Por
eso y por la idea perdida que tengo en alguna remota memoria de ver mis
pies aprendiendo a caminar tus baldosas -las quebradas y las sanas-,
por la primera vez de mi pequeñez ante la majestuosidad de las puertas
del Colegio Nacional, por la señora de la vereda del frente con su mate y
su silla de plástico en aquel barrio de los primeros años, las tantas
paredes que habité, la casa de los abuelos, la plaza principal, el
kiosco de la vuelta, los picos de la Iglesia Santa Rosa, la ochava de la
placita, la calle ancha y la noche sin edificios.
Cuando me
fui no sabía que mi alma iba a quedar un poco ahí, doblando la esquina
en bicicleta, esa misma esquina que ahora recorre un colectivo. Tampoco
pensé que iba a quedar ahí, en algún tapialito bajo, desconocido y
despintado, donde reí hasta el dolor de panza, donde lloré, donde de la
mano de millones y millones de mates llegué a la conclusión que la
felicidad podía caber en un abrazo o en una palabra, ahí mismo donde me
escondí, donde jugué hasta que se hizo tarde..
Pero hoy no es
tarde, Villaguay, para jugar a estar un poco más entre tus calles -las
de asfalto y las de tierra-, para cerrar los ojos y deleitarme con el
concierto de grillos de la cuneta de la calle Concepción del Uruguay,
para volver a ver el marco de cuadro que me dan tu cartel de Bienvenida y
aquellos postes de luz allá en la entrada. Hoy no es tarde para decirte
que no hay día que no me acuerde del árbol de tala del patio de aquella
casa donde jugaba a la mamá o del color que tienen los ojos de tu cielo
cuando se viene la nochecita en invierno.
Agradezco,
pueblito mio, que esta distancia me haga verte con los ojos del anhelo
de sentir que hay cosas que nunca se pierden. Y hoy agradezco más aún,
lugarcito querido, que esta vida sea tan contradictoria, porque hoy no
encuentro palabra que resuma el querer decirte que cuando me fuí en
realidad me estaba quedando.