Alguien, de este lado, dice que el invierno sorprende entre líneas, que se presta subliminalmente a ser leído. Que lo asombroso del frío no es el compartir una taza de café, sino el misterioso intercambio de silencios que se da entre sorbo y sorbo. Que no nos estamos volviendo viejos por tener más frío, sino que nos gusta jugar a ser gira-soles amarillos que se guardan a las cinco y pico para tomar mate hasta quedar verdes. También dice que deberíamos bailar más rock ochentoso a cualquier hora de la madrugada, o mover los pies a un ritmo que no seguimos y que le entona himnos a una tal Mary orgullosa.
Julio por América del Sur se va con disimulo dejando palabras no escritas y tintes de susceptibilidad en exceso. Poesía barata y las mismas cosas, pero con sinónimos distintos. Pensamientos desgastados. Estufas halógenas.
No estando cerca, alguien suplica que aquel distante no se vaya. Y sin motivos ni justificaciones de por medio, prepara un itinerario de viajes a París en globo terráqueo para aterrizar en algún lugar propicio para hacer el amor.